El día de la Descoordinación
QUERIDAS LECTORAS de este vuestro Magazine. Se terminan las fiestas de la City, como en los juegos olimpicos en esta ocasión no puedo decir, desde el punto de vista organizativo, las mejores de la historia, ya que las he encontrado quizás un poco cutres de más. Aunque claro, viendo el concejal que nos toca pues es lo que hay.
Desde el punto de vista, cuan bien me lo pasé yo, os contaré que lo di todo. Todo lo que se puede dar y lo que no, también, desde el primer día al último. Incluso por la semana encontrábamos alguien a quien arrimarnos. No se si podría destacar algo en especial, quizás el día de ayer (domingo 11).
Así como hay el día de Portugal, el día del rodaballo (coa proa de carballo, cuatro rapaces de Puebla, ui ai ai) o el día del mejillón, al día de ayer lo llamaré el día de la descoordinación. Creo que la culpa la podría tener el vino que nos tomamos, bueno, la cosecha que nos tomamos, porque menuda manera de beber.
Por la mañana bajamos al bar de la carpa para constatar que lo que nos pareció el resto de los días era cierto. Que el vino estaba riquísimo. Y así era, estaba riquísimo. Nuestros amigos cantábricos nos llevaron a tomar unas tapitas de marisco (que novedad) con otro vinillo más. Con lo que llegué a casa, a penas comi y a dormir la moña.
Por la tarde habían quedado para ir en un barco de recreo y de sorpresa aparecimos sister y yo. Casualmente también estaban la poli loca y su novio. La sorpresa nos la llevamos nosotras, porque con tanto vino decidieron no subir al barco, ya estaban suficientemente mareados.
Pues nada allá nos vamos sister y yo a dar una vueltecita por la ría. Más bien oye. Pero claro, vino y más mejillones. Aquello era un no parar. Los mejillones asomaban por las orejas. Con lo que, cuando bajamos del barco estábamos tan felices como, cualquier otro momento de la fiesta de este año. Con lo que a dormir la moña, por tercera vez en el transcurso del día.
Antes, lucidas nosotras tras haber ingerido aquel vino del barco, se nos metió entre cuerno y cuerno que podríamos reservar cena en un restaurante del pueblo. La falta de coordinación con nuestros amigos cantábricos hizo que casualmente fuese el mísmo en el que habían comido. Con lo que el descojono fue total. Nos pasamos todas las horas del día que estamos despiertos con ellos y ¿no sabemos donde van a comer?.
El caso es que finalmente repitieron y encantados. Nos metimos unas parrilladas de marisco deliciosas y de postre los digestivos a los que tan aficionada es nuestra vecina.
Nos retiramos prontito porque yo curro, otra pareja se marchaba, la poli loca también y realmente poco más líquido nos entraba. A las 4 en punto para casita.
Si es que aun así somos unas lliantas.
OS AMO.
